Viernes Santo; Rosario del pésame

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s. Marcos en su Evangelio nos dice que en el calvario “había unas mujeres que miraban de lejos, entre ellas María Magdalena, María madre de Santiago el menor y Salome. Cuando Jesús estaba en Galilea lo seguían y lo servían. Con ellas estaban también otras más que habían subido con Jesús a Jerusalén” (Mc. 15,40-41). Aunque los evangelistas no digan nada directamente; en el simple hecho de que se mencione su presencia, se puede descubrir el desconcierto y la aflicción de estas mujeres ante lo ocurrido. En el versículo 37 S. Juan cita al profeta Zacarías “miraran al que traspasaron”. Estas palabras se pueden complementar con otras palabras del mismo Zacarías: “harán llanto por el hijo único, y lloraran como se llora al primogénito” (12, 10). El escarnio y la crueldad del camino a la cruz, como siempre, ahora están presentes las mujeres que le habían sido fieles. Su compasión y su amor son para el Redentor muerto. La conclusión del texto de Zacarías concluye serenamente: “Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén para lavar el pecado y la impureza (13, 1). El mirar al al traspasado y el compadecerse se convierten en fuente de purificación. Comienza la fuerza transformadora de la Pasión del Señor.

S. Juan en su Evangelio completa: “Cerca de la cruz de Jesús estaban su madre con María hermana… y María de Magdalena” (Jn 19, 25). “Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:; “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevo a su casa”. Jesús es el hijo único de su madre, la cual, tras su muerte, quedaría sola en el mundo. Jesús pone a su lado al discípulo amado como su propio hijo, y desde a aquel momento el se hace cargo de ella. La traducción literal dice más: la acogió entre sus cosas. Ante todo eso, un gesto muy humano del Redentor que está a punto de morir. No deja sola a su madre, la confía a los cuidados del discípulo que le había sido tan cercano. De este modo se da también un hogar: la madre que cuida al discípulo.

Pero llamando “mujer” a su madre, el término “mujer”, recuerda el relato de la creación, cuando el Creador presento la mujer a Adán. El Apocalipsis habla de la señal grandiosa de la mujer que aparece en el cielo, Abrazando a todo Israel o a la Iglesia entera. La Iglesia antigua no ha tenido dificultad para reconocer en la mujer, por un lado, a María en un sentido del todo personal; y por otro, abarcando todos los tiempos, ver en ella a la Iglesia, esposa y madre, en la cual el misterio de María se prolonga en la historia. Como María la mujer, también el discípulo predilecto es a la vez un modelo concreto del discipulado que siempre habrá y siempre debe haber. Al discípulo que es verdaderamente discípulo, en comunión de amor con Jesucristo, se le confía la Mujer, esto es María y la Iglesia. Cuando S. Juan habla de acontecimientos como estos del Calvario, quiere recordar acontecimientos ciertamente sucedidos. Pero, lo que le interesa es algo más que los hechos concretos del pasado; El acontecimiento se proyecta más allá de si mismo, hacia lo que permanece, hacia lo que perdura, hacia el futuro.

La palabra de Jesús en la cruz permanece abierta a muchas realizaciones concretas. Una y otras vez se dirige tanto a la Madre como al discípulo y a cada uno se le confía la tarea de ponerla en práctica en la propia vida, tal como está previsto en el Plan de Dios. Al discípulo se le pide que acoja siempre en su propia existencia personal a María como persona y como Iglesia, cumpliendo la última voluntad de Jesús, al decir ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu Madre. Y en ello ha perdurado siempre la de y la práctica de la Iglesia. Permanezcamos siempre en el hogar de la Iglesia y en el amor a María. AMEN.


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