Qué es el Reino de Dios

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3333550107_dd87082e26_qEstimado lector: sin duda que Ud. ha escuchado o leído antes, algo acerca del Reino de Dios. Este primer mes del año 2017, nos ha hecho escuchar algo sobre la actividad de S. Juan Bautista, y sus palabras: “Conviértanse, porque está llegando el Reino de los cielos”. Después de su Bautismo, también Jesús empezó a predicar: “Conviértanse, porque está llegando el Reino de los cielos”. El escritor del Evangelio, S. Mateo, como judío no pronuncia el Reino de Dios; en su lugar, pone Reino de los cielos.

                   Con la llegada de este Reino, se hace presente en el mundo la soberanía de Dios que inaugura una situación completamente nueva. Las palabras y los hechos prodigiosos de Jesús, son el signo evidente de que Dios ha comenzado a reinar.

                   Antes de comenzar el anuncio del Reino, Jesús reúne un grupo de seguidores para que sean testigos de sus acciones salvíficas y continúen su misión. S. Mateo ve en su respuesta a la llamada de Jesús un ejemplo de la conversión radical que exige la llegada del Reino. El atractivo de esta llamada es tan fuerte que los hace romper los lazos sociales y familiares para hacerse discípulos suyos. Van a ser testigos de las palabras y de los signos que después ellos mismos tendrán que proclamar y realizar por encargo del Maestro.

También antes de lanzarse a la misión, Jesús se presentó a Juan Bautista para que lo bautizara, en que es públicamente presentado como Hijo en una manifestación excepcional de lo alto: sobre Jesús descendió el Espíritu Santo y una voz dijo: “este es mi Hijo amado en quién me complazco”. El bautismo es el episodio central de la primera parte del Evangelio. Ahí aparecen tres aspectos que Mateo subraya en esta presentación de Jesús: el paso por el Jordán, nuevo mar rojo en que Jesús contempla la gloria de Dios; el diálogo con el Bautista, en que Juan se reconoce como precursor; y la voz del cielo, que confirma lo dicho a José acerca del origen divino de Jesús.

                         Los cuarenta años que Israel tardó en el desierto para llegar hasta la tierra prometida, son simbolizados por los cuarenta días de ayuno y penitencia que duró Cristo en el desierto. Las tres tentaciones sufridas y superadas por Cristo, en realidad son una sola; pues lo que el tentador intentaba era que Jesús renegara de su condición de hijo obediente de Dios: es la tentación de siempre, de un mesianismo fácil y triunfalista. Jesús supera las pruebas en las que había caído Israel y manifiesta que Él es el ungido, para convocar al nuevo pueblo mesiánico con el anuncio de la buena noticia.

                         Después de la prisión y muerte de Juan Bautista, Jesús se traslada desde Nazaret hasta Cafarnaúm, ciudad situada en Galilea, junto al camino del mar. Esto anuncia el destino universal del mensaje de Jesús. Comienza una nueva etapa: el anuncio del Evangelio con palabras y obras. La inauguración del Reinado de Dios en este mundo, es el tema central de la predicación de Jesús. Los comienzos de este Reino son humildes, misteriosos, discutidos; pero es imposible detener su crecimiento y las reacciones que este anuncio provoca. Es pura gracia ofrecida a los sencillos, porque son ellos quienes están más dispuestos a aceptarlo.

                         Las actitudes básicas en el Reino superan a las de la Ley, deben ponerse en práctica sin pretensiones de vanagloria; exigen una confianza en Dios y una resuelta decisión, discernimiento y serio  compromiso con la voluntad del Padre. Mateo va señalando las pistas que conducen a la verdadera felicidad. La primera de ellas resume de algún modo a las demás: llama dichosos a los que viven la pobreza, entendida como la actitud religiosa de desprendimiento y dependencia de Dios; y al mismo tiempo, invita a adoptar esta misma actitud a todos los que quieran tener parte en el Reino.

                         En la visión de Mateo, las bienaventuranzas aparecen como pautas para el comportamiento cristiano. Sin embargo, en labios de Jesús estas palabras eran más bien gritos que expresaban su alegría por la llegada del Reino. Por eso, Jesús proclama dichosos a hombres considerados de ordinario malditos y desgraciados: los humildes, los pobres del Señor, para quienes la llegada del Reino es verdaderamente una buena noticia. Los que viven según las bienaventuranzas, se convierten en sal de la tierra y luz del mundo, es decir en fermento de una nueva humanidad. La Buena Nueva de Jesús, no debe quedar oculta, sino que debe hacerse presente por el testimonio de la vida.

Héctor González Martínez, Obispo Emérito.

 


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