Misión Diocesana 2012 – Lineamientos y Procesos.

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I.-INSTITUCIONALIZACIÓN. Atendiendo a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al Magisterio reciente a niveles universal y diocesano: Concilio Vaticano II  AG 14 y 71, Catecismo de la Iglesia Católica 1229, Documento de Aparecida 288,  en orden a la Nueva Evangelización, Atendiendo al Sínodo Diocesano, a los dos Planes diocesanos de Pastoral y a las cuatro Etapas de la Misión Diocesana; y atendiendo a las necesidades evangelizadoras y misioneras de nuestra Iglesia local ahí manifestadas. Atendiendo al Catecismo de la Iglesia Católica, que dice: “desde los tiempos apostólicos para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias Etapas” 1229. Observando el nivel de nuestra evangelización y de las costumbres entre nosotros, por el presente instrumento pastoral institucionalizamos en la Arquidiócesis, con fuerza de ley,  la Institución de la Iniciación Cristiana, conforme a los lineamientos del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, buscando hacer y formar  mejores cristianos para el futuro de nuestra Arquidiócesis. Comprendida como un proceso evangelizador y misionero, la Iniciación Cristiana abarcará  el Pre catecumenado o Kerigma (seis meses), el Catecumenado (alrededor de dos años), tiempo de la Iluminación y la Purificación (durante la última Cuaresma), los Sacramentos de la Iniciación (en la siguiente Vigilia Pascual), y el tiempo de la Mistagogia (durante todo el tiempo pascual siguiente): de hoy en adelante, la Iniciación Cristiana tendrá carta de ciudadanía  y obligatoriedad para la formación de laicos, pequeños y grandes, en todas las Comunidades Parroquiales de nuestra Iglesia Local. Los Párrocos y los Presbíteros que, como especiales cooperadores del Orden Episcopal, gozan del carisma de regir en la Iglesia, han de caminar a la cabeza de esta línea evangelizadora, misionera y pastoral. Los Religiosos/as, que desempeñan ministerios y servicios, en la Arquidiócesis,  han de colaborar poniendo sus carismas al servicio de la Nueva Evangelización. Los laicos/as de las Parroquias con disposición misionera colaboren con generosidad al incremento del Reino en nuestras tierras. Todos alcanzamos a darnos cuenta del peso de lo que estamos emprendiendo, y que sólo con el apoyo de la gracia podremos sacar adelante este proceso orgánico y progresivo desde la infancia hasta la edad adulta. Junto con la gracia de lo alto, se requiere el impulso parejo de todos. No se trata de moda o capricho: en todas partes, la Iglesia es consciente de la modernidad, la postmodernidad, la globalización, la descristianización, etc. y está enrolando a sus fieles en estos procesos que vienen desde la Iglesia Apostólica. Se trata de la misión de la Iglesia extendida por todas partes y de su evangelización; se trata de salvar nuestra humanidad y de implantar el Reino. En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. AMÉN. Durango, Dgo. Marzo del 2012.     Héctor González Martínez Arz. de Durango José de la Luz Guerrero Haro Secretario-Canciller                                 II. VISIÓN ANTROPOLÓCICA-CULTURAL. JUSTIFICACIÓN. Iniciar y permanecer en un itinerario para conformar a un hombre y mujer como cristianos en el mundo, el cual, además de ser lo que es fundamentalmente ¡un ser humano!, marcado también por las huellas de la cultura y del tiempo, exige conocer, comprender y aceptar el modo de ser y de estar de este ser humano. Por eso mismo, se requiere partir de una base  verdadera y suficientemente clara, que permita recibir y dar luz acerca de las posibilidades y dificultades que se presentan, tanto al comienzo del itinerario como a lo largo del camino de acompañamiento cristiano del hombre, entendido este ser humano también hoy en día como un “misterio”. VISIÓN DEL SER HUMANO DESDE LA ANTIGÜEDAD. Ya desde antes de Cristo se entendía y decía del ser humano que es un animal racional y que, además, está en su propia realidad el necesitar de la vida en sociedad −zoon politikón−. Esta visión ha durado en el tiempo y ha estado presente en la mayoría de las culturas del mundo, incluyendo a nuestra cultura mexicana. En efecto, con la definición anterior se pretende afirmar que el hombre (ser humano) es una unidad necesaria de cuerpo y de razón (alma), y que esta unidad se proyecta necesariamente en la comunidad (sociedad). Estas características fundamentales, propias y naturales del ser humano, posibilitan a éste comprender y construir ordenadamente tanto el mundo individual-personal y físico que le rodea, así como la construcción, también ordenada, de relaciones personales que desembocan en la ciudad (polis). El lenguaje, la palabra, es manifestación básica y particular de la razón humana para expresar y determinar el orden y comunicación del individuo con el universo que lo rodea y consigo mismo. No se puede sin embargo ignorar que juntamente a esta mirada sobre el ser humano, se encontraba aquella que entendía al hombre no como una unidad: cuerpo y razón, sino como una división de ambos, privilegiando y valorando la razón por encima del cuerpo mismo, haciendo menos la materialidad del mundo. VISION ANTIGUA INTERPRETADA A LO LARGO DE LA HISTORIA. De la mirada del ser humano en el tiempo antiguo al día de hoy, se han dado  múltiples lecturas y adaptaciones, además de elementos nuevos que se les han sumado. Estos cambios, hay que decirlo, se han dado como el movimiento de un reloj de péndulo, es decir, tocan los extremos sin tener un punto de unidad o armonía, a saber: visión del hombre como pura razón (racionalismo), o bien, visión del hombre como puro cuerpo o sensaciones (materialismo, sensualismo, romanticismo). En ambas visiones ha predominado considerar al ser humano, ya sea por su razón o por su cuerpo, como el centro sobre el cual gira todo el universo. En efecto, considerar al hombre en armonía consigo mismo desde su realidad: razón-cuerpo, sorprendentemente no se ha dado así ya en la vida cotidiana actual. De aquí que consecuencias como, considerar la verdad sólo como aquella que la razón declara o bien, la verdad como sólo lo que lo material declara, ha traído consecuencias nefastas que empequeñecen o reducen el misterio del ser humano proyectándose en la realidad económica, social, familiar, religiosa, en fin, en todo el mundo cultural. VISIÓNES PARCIALES Y REDUCCIONISTAS. En esta parcialización o reducción del ser humano a sólo una parte de su realidad, de su ser, han nacido concepciones en donde inclusive necesariamente tiene que morir una parte fundamental del hombre, como es su deseo natural de trascendencia, es decir, de plenitud. Tal es el caso de quienes han sido los profetas de la muerte de Dios, donde el mismo ser humano consecuentemente tiene que bastarse y comprenderse desde sí mismo (super-hombre), ahogándose y encerrándose como aquella figura de la serpiente devorando su propia cola. Un ser humano así, considerado también en relación a la sociedad, está encaminado a devorarse a sí mismo, a ser parte activa o pasiva de la violencia como parte de la sobrevivencia. La historia nos da cuenta de esta realidad tanto a nivel mundial (segunda guerra mundial) como local (inseguridad y violencia). De aquí que se han desarrollado miradas sobre el hombre, que lo definen como un ser fundamentalmente sensual (hedonismo), o bien como parte de un todo material en movimiento (capitalismo), o parte de un todo social carente de individualidad (socialismo), sólo por mencionar algunas de estas situaciones que desembocan en un esquema político, económico, familiar y cultural en general. DEL HOMO SAPIENS AL HOMO VIDENS. Así mismo, se ha registrado un cambio por demás de llamar la atención, que hace referencia a que aquello que haría la razón humana para unificar y hacer comprensible el mundo personal del individuo y de la sociedad ha cambiado de ser precisamente desde un hombre básicamente racional (homo sapiens) a ser desde la perspectiva de un hombre fundamentalmente visual (homo videns). Así es, ante la multiplicación de imágenes tan diversas y en todas direcciones a través de los medios de comunicación masiva (televisión, periódico, revistas, internet) y lo que se ve en la vida diaria, el ser humano no encuentra un modo de unificar tanta velocidad y cantidad de proyecciones visuales, de manera que se define al hombre por lo que ve, aunque esto sea tan dividido o fragmentado que no se encuentre la relación de una situación con otra. La velocidad y multiplicidad de las imágenes corre el riesgo de debilitar o perder la memoria histórica del individuo y de la sociedad, además de no contar con un punto de referencia inteligible o de comprensión de los acontecimientos, lo cual da pie fuertemente al relativismo. HACIA UNA ANTROPOLOGÍA RECONCILIADA La visión antropológica de unidad: cuerpo-razón, no es una visión de imposición y que ejerza violencia sobre el individuo o sobre la sociedad en su conjunto; al contrario, es precisamente reconocer, hacer valer y respetar la dignidad del ser humano. El Yo de cada persona humana tiene una relación existencial consigo mismo: armonía y no desequilibrio, lo mismo que posee relación con el otro ser humano, donde no se excluye el uno al otro, sino que por medio del diálogo y del reconocimiento de la unidad individual propia y del otro, se da un encuentro y no desencuentro. Además, esta relación no se agota en sí misma, sino que cada persona humana posee un ansia o deseo de plenitud, que no lo alcanza plenamente sino sólo reconociendo su realidad, su propio misterio. Misterio de unidad, comunicación y trascendencia. La pérdida de la armonía humana, es el resultado de muchas complicaciones, de muchas pérdidas en referencia a la relación entre los hombres y mujeres y de éstos con Dios, entre razón y cuerpo, entre alma y cuerpo, entre razón y sentimiento, entre sentimiento y emoción. La pérdida de la relación con Dios hace a una cultura violenta para el mismo ser humano y es entonces expresión de una antropología cerrada. El cuerpo, en relación al hombre, reclama la definición del ser humano como un compuesto de alma y cuerpo. Por lo tanto es legítimo definir al hombre un símbolo viviente, es decir, una convergencia de cuerpo y de espíritu, poniendo así manifiesto el dinamismo, movimiento o misterio de la persona humana que es igualmente cuerpo y alma. En efecto, el ser humano es un ser en devenir, en movimiento y manifiesta un insuprimible anhelo de vida, también en el momento de la muerte que sufre como una violencia; y este hecho sugiere que la persona humana está destinada a ser siempre más de cuanto efectivamente es, en consecuencia, en el ser humano también entendido como compuesto. El cuerpo del hombre es su posibilidad real de ser, la síntesis de su futuro desarrollo, el deseo vital que condiciona su ser en plenitud. Desde aquí podemos dar luz sobre el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios que ha tomado cuerpo. Por esto, mientras el cuerpo, hecho de carne que nace, crece y muere, hace limitada y pobre la vida del hombre, el Yo personal que es unidad de razón y trascendencia, otorga al hombre un real poder y una superioridad sobre otros seres corpóreos. Entonces, tal relación nos lleva a conocer y admitir que el destino del hombre llega a ser realidad únicamente cuando el ser humano, en su relación consigo mismo, se acepta y se ofrece como don, como regalo, cuando reconoce su tensión o movimiento hasta el amor, hasta el don incondicionado: es el amor que lleva a cumplimiento todo anhelo de vida. Por eso en el hombre la plenitud de su ser es ejercer sus posibilidades, desde aquellas simples y primordiales como el respirar y comer, y de aquellas más complejas y sutiles como vivir en sociedad. ANTROPOLOGÍA DE LA INICIACIÓN CRISTIANA. Desde esta visión del hombre, es como se hace real y verdadero un itinerario de formación cristiana, comprendido y aceptado inclusive como fundamental o esencial en el mismo ser humano; donde los signos de los sacramentos de Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, las personas involucradas: padrinos, padres de familia, catequistas, sacerdotes, comunidad cristiana, todo ello manifiesta un anhelo auténtico y no artificial del propio ser humano. Es pues en la unidad del ser humano donde se hace patente que el catecumenado no responde a acompañar al ser humano a algo extraño a él mismo, sino a aquello que le pertenece desde su mismo llamado a la existencia como hombre y mujer. Aquí se entabla compromiso, responsabilidad y reconocimiento de seres humanos, frente a un ser humano, convocado a la plenitud de vida en Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre, el hombre armonizado, no dividido, fragmentado, parcializado ni reducido.                                               III. ITINERARIOS FORMATIVOS. Comprendida como un proceso evangelizador y misionero, la Iniciación Cristiana abarcará el Precatecumenado o kerigma 6 meses, el Catecumenado 2 años, etapa de la Iluminación y la Purificación durante la Cuaresma, los Sacramentos de la Iniciación en la Vigilia Pascual y el tiempo de la Mistagogia en el tiempo pascual.   PRECATECUMENADO El ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos señala tres pasos y cuatro etapas diferenciadas en las que trata de poner en relación  la multiforme gracia de Dios y la libre respuesta de los iniciados (RICA 5). La primera etapa es el precatecumenado, caracterizado porque en él tiene lugar la primera evangelización en orden a la conversión y se explicita el kerigma del primer anuncio (DGC 88). En esta etapa la Escritura permanece implícita, habitualmente, el creyente no tiene porque leer ningún texto bíblico; no obstante, debe conocerla de tal modo, que si bien no use la letra, si entregue su anuncio de manera viva, el Evangelio que la Escritura testimonio y la Iglesia cree (RM 44). El objetivo del precatecumenado es ayudar a pasar de la simpatía e interés inicial que los destinatarios muestran por el Evangelio a la conversión y fe inicial en Cristo Salvador, aunque todavía no es una decisión por Él. En este momento el simpatizante llega movido más por sus problemas y deseos que por el convencimiento de que el anuncio que ha escuchado y acogido inicialmente viene de Dios que le ha invitado. La clave en esta etapa es el kerigma, que el RICA explicita diciendo que es el anuncio abierto y con decisión de Dios vivo que ha enviado a Jesucristo para salvar a todos los hombres, a fin de que los no cristianos, al disponerles el corazón crean y se conviertan libremente al Señor, y se unan con sinceridad a él, quien es el camino, la vedad y la vida, satisface todas sus exigencias espirituales; más aún, las supera infinitamente (cfr. RICA 9; AG 13). Los pasajes y textos bíblicos que se introduzcan en la etapa del precatecumenado deben mostrar como Dios ha salido al paso de su pueblo Israel y se ha revelado como Dios-con-el-hombre. Los destinatarios deben percibir que en Jesucristo tienen acceso no sólo a Dios, sino a sí mismos y a su futuro, pues, a la luz del testimonio bíblico, deben comprender y desear que en Jesucristo su futuro sea Dios. Que el precatecumeno pase de simpatizante de Jesús a aceptarlo explícitamente como su Señor. Temario: El hombre y su relación con Dios Primer momento: el anuncio personal Segundo momento: encuentro con Jesucristo vivo Tercer momento: catequesis kerigmática Hemos encontrado al Mesías Jesús vive es el Señor Muéstranos al Padre Jesús nos ofrece su Reino Jesucristo nos descubre el misterio del hombre Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia Yo les daré mi Espíritu Ustedes son mis testigos. CATECUMENADO Es un tiempo prolongado en el que la Iglesia transmite su fe y el conocimiento íntegro y vivo del misterio de la salvación mediante una catequesis apropiada, gradual e íntegra, teniendo como referencia el sagrado recuerdo de los misterios de Cristo y de la historia de la salvación en el año litúrgico (cfr SC 102), acompañada de celebraciones de la Palabra de Dios y de otros ritos y plegarias, llamados escrutinios. Hay dos formas de recorrer el camino de la Iniciación Cristiana que el documento de Aparecida describe de la siguiente manera: Catecumenado bautismal, para los no bautizados, que culmina con la celebración de los tres sacramentos de Iniciación Cristiana. Catecumenado pos bautismal, para os bautizados no suficientemente catequizados (cfr. DA 288). Se refiere a los niños que son incorporados en los primeros meses de su vida en el misterio de Cristo y en la Iglesia por el Bautismo, y se recorre, con la recepción de los sacramentos de la Confirmación y Eucaristía, a lo largo de la infancia, adolescencia y juventud (DA 293). Dentro de esta segunda forma hay que tomar en cuenta a los adultos ya bautizados pero en realidad no catequizados, o alejados de la fe, o incluso sin haber completado la iniciación sacramental. Las características de la catequesis dentro del catecumenado son: Una formación orgánica y sistemática de la fe. Una formación básica, esencial, centrada en lo nuclear de la experiencia cristiana. Un aprendizaje a toda la vida cristiana, una iniciación cristiana integral, que propicia un auténtico seguimiento de Jesucristo e introduce en la comunidad eclesial. Debe ser considerada como un proceso de maduración y de crecimiento de la fe, desarrollado de manera gradual y por etapas. Deberá estar impregnada por el misterio de la Pascua, de modo que ha de caracterizarse por el aprendizaje del sentido de la Nueva Alianza, del paso del hombre viejo al hombre nuevo, de la lucha y superación del mal con la ayuda de la gracia divina, de la experiencia del gozo de la salvación. TEMARIO CON EL COMPENDIO DEL CEC   PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE FE «CREO» «CREEMOS» El hombre capaz de Dios Dios viene al encuentro del Hombre: revelación de Dios Transmisión de la revelación de Dios La Sagrada Escritura CREO EN DIOS PADRE Los Símbolos de la fe Creo en Dios creador del cielo y de la tierra Nuestra fe trinitaria El obrar de Dios trinitario Creación Providencia La experiencia del mal El cielo y la tierra Los ángeles El mundo El hombre Varón y mujer La caída El pecado original   CREO EN DIOS HIJO Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. Jesucristo fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Jesucristo descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso CREO EN EL ESPÍRITU SANTO CREO EN LA IGLESIA La Iglesia en el designio de Dios La Iglesia: Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo La Iglesia es una, santa, católica y apostólica Los fieles: jerarquía, laicos, vida consagrada CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE CREO EN LA VIDA ETERNA   SEGUNDA PARTE LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO La Economía Sacramental El Misterio Pascual en el tiempo de la Iglesia La celebración sacramental del Misterio Pascual Los siete sacramentos de la Iglesia Sacramentos de la Iniciación Cristiana Sacramento del Bautismo Sacramento de la Confirmación Sacramento de la Eucaristía Los Sacramentos de curación Sacramento de la reconciliación Sacramento de la unción de enfermos Sacramentos al servicio de la comunión y de la misión Sacramento del orden Sacramento del matrimonio Otras celebraciones litúrgicas y sacramentales Las exequias TERCERA PARTE LA VIDA EN CRISTO La dignidad de la persona humana, el hombre imagen de Dios Nuestra vocación a las bienaventuranzas La libertad del hombre La moralidad de los actos La moralidad de las pasiones La conciencia moral Las virtudes El pecado La comunidad, la persona y la sociedad La participación en la vida social La justicia social La salvación de Dios, la ley y la gracia La ley moral Gracia y justificación La Iglesia, madre y maestra LOS DIEZ MANDAMIENTOS Primer mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas Segundo mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano Tercer mandamiento: Santificarás las fiestas Cuarto mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre Quinto mandamiento: No matarás Sexto mandamiento: No cometerás actos impuros Séptimo mandamiento: No robarás Octavo mandamiento: No darás falso testimonio ni mentirás Noveno mandamiento: No consentirá pensamientos ni deseos impuros Décimo mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos.   CUARTA PARTE LA ORACIÓN CRISTIANA La oración en la vida cristiana La revelación en la oración La revelación de la  oración en el Antiguo Testamento La oración es plenamente revelada y realizada en Jesús. La oración en el tiempo de la Iglesia La tradición de la oración Fuentes de la oración El camino de la oración Maestros de la oración La vida de oración Las expresiones de la oración El combate de la oración LA ORACIÓN DEL SEÑOR: PADRE NUESTRO La síntesis de todo el Evangelio Padre nuestro que estás en el cielo Las siete peticiones     ILUMINACIÓNY PURIFICACIÓN En esta etapa busca una preparación interior más intensa, coincide ordinariamente con la Cuaresma, que tiene como finalidad renovar la comunidad y disponer a la celebración del Misterio Pascual, centro y fundamente de los sacramentos de la iniciación cristiana (cfr. RICA 21). Intensifica el acompañamiento del catecúmeno mediante la liturgia y la penitencia cuaresmal. Les ayuda con la oración para que se abran a la acción de Dios; a fin de excitar el deseo de purificación y de la redención de Cristo, se celebran tres escrutinios y se les entrega los símbolos de la identidad cristiana: el Credo y el Padrenuestro. Se celebran solemnemente en los domingos de cuaresma, tres escrutinios y se complementan con los exorcismos. Es necesario que haya algún progreso en el conocimiento del pecado y el deseo de la salvación desde el primer escrutinio al último. Las entregas, por las cuales la Iglesia entrega y confía a los elegidos el Símbolo y la Oración dominical, tienden a la iluminación de los elegidos. CELEBRACIÓN Elección o inscripción del nombre Con la ceremonia de la elección concluye el catecumenado y se requiere una fe iluminada y la voluntad deliberada de recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana. El Obispo o el párroco, los diáconos, catequistas, padrinos y  toda la comunidad dan su parecer acerca de la instrucción y aprovechamiento de los catecúmenos. El resultado lo da a conocer el celebrante durante el rito litúrgico de manera breve, el primer domingo de cuaresma después de la homilía, en la que se expone a los presentes la decisión de la Iglesia y al mismo tiempo averigua la voluntad personal de los catecúmenos y por último efectúa la admisión de los elegidos en nombre de Cristo y de la Iglesia. Es cuando los padrinos comienzan a ejercitar públicamente su oficio: se les llama al principio del rito y se acercan con los catecúmenos, a favor de éstos pronuncian su testimonio ante la comunidad y según la oportunidad, inscriben su nombre con ellos. ESCRUTINIOS Se celebran en los domingos de cuaresma tercero, cuarto y quinto con el esquema de las “Misas de los escrutinios”. Si por razones pastorales no se pueden hacer en estos domingos, elíjanse otros domingos o en los días entre semana de la cuaresma. Primer escrutinio Se celebra el tercer domingo de cuaresma. El evangelio de la samaritana. Después de la homilía se lleva a cabo el exorcismo, con el que se busca que los elegidos instruidos sobre el misterio de Cristo sean liberados del influjo del demonio y de las consecuencias del pecado. Los elegidos junto con sus padrinos. Se ponen frente al celebrante, el cual pide a la comunidad orar en silencio por los elegidos; los catecúmenos de rodillas o inclinados, en actitud penitente, oran también. Se realiza la súplica a manera de oración universal la cual concluye con el exorcismo, una oración que hace referencia al agua que renueva y sana (cfr. RICA 162-164. 376-378). Segundo escrutinio Se celebra el cuarto domingo de cuaresma: el evangelio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41). Se realiza de la misma manera que el primer escrutinio. Tercer escrutinio El domingo quinto de cuaresma. El evangelio de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-45). Se realiza igual que los anteriores. ENTREGAS Una vez completada la preparación doctrinal de los catecúmenos o al menos, comenzada en el tiempo oportuno, la Iglesia entrega con amor los documentos que desde la antigüedad constituyen un compendio de su fe y de su oración. Es de desear que las entregas se hagan con la presencia de la comunidad después de la liturgia de la palabra de la Misa ferial, con las lecturas que sean apropiadas a la ceremonia de entrega. Entrega del Símbolo Lo primero que se les entrega es el Símbolo que los elegidos se aprenderán de memoria, y después pronunciarán públicamente; se hace durante la semana que sigue al primer escrutinio. Si se juzga oportuno, se puede celebrar también durante el tiempo del catecumenado. Entrega de la Oración dominical Esta entrega, que desde la antigüedad es propia de los que han recibido el Bautismo y que los neófitos recitarán juntamente con la asamblea cuando participan por primera vez en la celebración de la Eucaristía. Se hace durante la semana que sigue al tercer escrutinio. Si se juzga conveniente, se puede celebrar también durante el tiempo del catecumenado. Ritos próximos a la iniciación Estos ritos se llevan a cabo, preferentemente, el Sábado santo por la mañana, día dedicado por parte de los elegidos al recogimiento espiritual y a la oración. Rito del Effetá: se inculca la necesidad de la gracia para oír y profesar la palabra de Dios. Comienza con la lectura y la explicación breve del Evangelio de Marcos 7, 31-37: ¡Effetá! Se prosigue tocando con el pulgar los oídos y la boca de cada elegido, diciendo las palabras como se indica en el RICA n. 202. Recitación del Símbolo. Se prepara a los elegidos para la profesión bautismal de la fe y se les instruye sobre el deber de anunciar la palabra del Evangelio. Después de la proclamación y homilía del Evangelio sigue una breve oración que finaliza con la recitación pública de los elegidos ante la comunidad presente. Unción con el Óleo de los catecúmenos. Se puede realizar la unción el Sábado Santo por la mañana. Se empleará el óleo bendecido  por el obispo en la Misa crismal; se dice la fórmula indicada en RICA n. 207 y cada elegido es ungido en ambas manos. CELEBRACIÓN DE LOS SACRAMENTOS Los sacramentos de la Iniciación Cristiana, Bautismo, Confirmación y la Eucaristía, son el último paso por el que los elegidos, liberados del pecado, son agregados al Pueblo de Dios, reciben la adopción de hijos de Dios, son introducidos por el Espíritu Santo a la prometida plenitud de los tiempos y por el sacrificio y banquete eucarístico saborean de antemano el Reino de Dios. La recepción de los sacramentos debe celebrarse en la Vigilia Pascual, sin embargo, por situaciones insólitas o por necesidad pastoral, pueden celebrarse fuera de la Vigilia Pascual, pero en cuanto sea posible, han de celebrarse en domingo, tomando, según convenga, los textos de la misa dominical o los propios de la misa ritual. Los tres sacramentos de la Iniciación Cristina: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, se ordenan entre sí para llevar a su pleno desarrollo a los fieles, que ejercen la misión de todo e l pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Para su realización se siguen las indicaciones del RICA nn. 208-234 MISTAGOGÍA Para lograr la comprensión de lo que se recibe en la Iniciación Cristiana, la Iglesia ha recurrido a la  mistagogia, que es un tipo de catequesis que ayuda, no sólo a comprender los sacramentos recibidos, sino que busca adentrar, a quien los ha recibido, en el Misterio de Cristo en el que ahora participan. Teniendo en cuenta la variedad de aspectos que encierra, desde un punto de vista teológico, puede entenderse así: mistagogía es aquella explicación de los sacramentos, que tiene en cuenta de forma complementaria, la diversidad de aspectos desde los que se manifiesta su plenitud de verdad. Es la forma típica de preparar a los iniciados, integrando todos los elementos que conducen a alguien a ser verdadero cristiano: doctrina, ritos y símbolos, conducta moral y vida nueva.   Por tanto, incluye, desde el centro de los sacramentos: su relación con los ritos que representan su misterio: celebración; su relación con la palabra que explica su sentido: catequesis; su relación con la vida que verifica sus exigencias: moral, su relación con la experiencia de la comunidad: pertenencia.   Este es el último período de la iniciación cristiana; se trata de una más profunda comprensión del Misterio Pascual que se ha de traducir a la vida diaria: por la meditación del Evangelio, la participación en la Eucaristía y el ejercicio de la caridad. De esta experiencia, propia del cristiano y acrecentada con el ejercicio del vivir cotidiano, obtienen los neófitos un nuevo sentido de la fe, de la Iglesia y del mundo.   Para que los primeros pasos de los neófitos sean más firmes, la comunidad de los fieles, los padrinos y los pastores ayudarán con solicitud y cordialidad en todo momento, para lograr su plena y gozosa inserción en la comunidad.   Durante el Tiempo Pascual, en las Misas dominicales, los neófitos, junto con sus padrinos, ocuparán un sitio especial en la asamblea de los fieles. En la homilía se imparte la catequesis mistagógica y, según la ocasión, en la oración universal, se les tendrá en cuenta. Para terminar este tiempo de la “mistagogia”, en los días cercanos a Pentecostés se hará una celebración, a la que pueden unirse festejos externos, que muestren la alegría por los nuevos integrantes de la comunidad, según las costumbres locales. La mistagogia enseña que los sacramentos reproducen imitando (mímesis) o hacen memoria (anánmnesis) de los gestos salvíficos de la vida de Jesús y anticipan la liturgia definitiva, más aún, la transfieren al presente a causa de la presencia del Señor resucitado entre aquellos que se reúnen para el culto Este imitar y hacer memoria de los sacramentos son los elementos tomados en cuenta en esta catequesis. Partiendo del ritual y apoyándose en la Sagrada Escritura se lleva a la comprensión teológica de lo que ha sucedido en quien recibe los sacramentos. San Cirilo de Jerusalén los desarrolla de la siguiente manera: toma un elemento del rito: la iluminación, parte de un texto bíblico: Tema:  A los recién iluminados. La lectura se toma de la primera epístola de Pedro: «Sed sobrios y velad» (I Re 5,8), etc., hasta el fin de la carta. El paso del Mar Rojo como figura de la liberación cristiana; El diablo ha sido vencido como lo fue el Faraón; La renuncia a Satanás en el rito bautismal; Renuncia a las obras de Satanás; Y a todas sus pompas; Especialmente se mencionan los espectáculos; Lo sacrificado a los ídolos; No dar culto a Satanás; Se ha hecho profesión de fe volviéndose a la región de la luz; Memoria de la vestidura blanca. Acerca del bautismo. La lectura es de la Carta a los Romanos desde: “¿O ignoráis que los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? hasta las palabras: Pues no estáis ya bajo la Ley, sino bajo la gracia'' (Rom. 6,3-14). Tema: El hombre nuevo; La túnica y el hombre viejo; La unción prebautismal; Las entradas y salidas del agua, señal y realización de muerte y de vida; En qué sentido hemos pasado por la muerte, sepultura y resurrección de Cristo; El bautismo nos concede el perdón de los pecados, la adopción y la participación en los sufrimientos de Cristo; Partícipes de la muerte y resurrección de Cristo. La unción con el crisma. La lectura es de la Primera carta de Juan, desde las palabras «En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y lo sabéis todo» (I Jn 2,20) hasta «tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su Venida» (2,28). Tema: Bautismo y don del Espíritu; A semejanza de Cristo; La eficacia de la crismación; Las diversas unciones y su finalidad; Habéis recibido el nombre de cristianos; La descendencia de Cristo también es ungida. Sobre el cuerpo y la sangre del Señor. La lectura es de la Primera carta de Pablo a los Corintios: « Yo recibí del Señor lo que os he transmitidos (I Cor11, 23), etc. Tema: Institución de la Eucaristía; Fe en el cuerpo y la sangre del Señor; Apariencias de pan y vino, pero realidad del cuerpo y sangre de Cristo; El «escándalo» del Pan de vida; La Eucaristía, pan de la nueva Alianza para salud del hombre; La certeza del don del cuerpo y la sangre de Cristo; La mesa que ha preparado el Señor; Las nuevas vestiduras de la justicia; Compendio sobre el cuerpo y la sangre de Cristo. El bautismo nos inserta en la historia salvífica En la bendición del agua, aparece el bautismo como acontecimiento salvífico eclesial, es decir, no es un rito aislado o simplemente individual. Es un acontecimiento en el que se inserta y continúa la historia salvífica; un kairós o momento privilegiado que actualiza el amor gratuito y soberano de Dios respecto a la persona particular; un suceso que convoca, conmueve y renueva la alianza de Dios con su pueblo, la Iglesia. Mediación de la Iglesia En la actual economía es esta mediación la que hace posible que histórica y visiblemente la historia de la salvación continúe. Pero ello requiere una serie de acciones e intervenciones, que la tradición ha condensado en la imagen de la Iglesia madre, o acción maternal de la Iglesia con los bautizados. La participación en la muerte y resurrección de Cristo. La participación en el Misterio Pascual, por el bautismo, es la clave de toda la riqueza y originalidad del bautismo cristiano. Los bautizados, que han unido su existencia con la de Cristo en una muerte como la suya y han sido sepultados con él en la muerte (Rom 6, 4-5), son también juntamente con él vivificados y resucitados (Ef 2,6). El bautismo, en efecto, conmemora y actualiza el Misterio Pascual, haciendo pasar  a los hombres de la muerte del pecado a la vida. Por tanto, en su celebración debe brillar la alegría de la resurrección, principalmente cuando tiene lugar en la vigilia Pascual o el domingo. Transformación en el Espíritu El RB y el RICA repiten una y otra vez, bien refiriéndose sólo al bautismo o a los tres sacramentos de iniciación, que el bautismo se da en el agua y el Espíritu, que es Espíritu el que lo hace eficaz. Este es el tema para hablar del bautismo como transformación en el Espíritu. Hombres nuevos En las introducciones de los rituales se dice que el bautismo, baño de agua en la palabra de vida, hace a los hombres partícipes de la naturaleza divina e hijos de Dios. Dónde más se expresa esta realidad de hombres nuevos es en la oración que acompaña al rito de la vestidura blanca y el de la luz, que piden para que se conserve sin mancha y que siempre caminen como hijos de la luz. El tema es el bautismo, vida nueva y filiación divina. Bautismo, justificación y perdón de los pecados. Todo el proceso catecumenal es comprendido como una lucha contra el pecado (RICA 10), como momento de conversión y cambio de vida. Desde aquí se puede hacer catequesis sobre el bautismo, justificación y perdón de los pecados. La participación en el misterio y la vida de Cristo y el Espíritu, es incompatible con el pecado. Por eso, la justificación y el perdón de los pecados ha sido considerado siempre como un aspecto esencial del bautismo, aunque no es el único y principal aspecto. Conversión y fe Este tema del bautismo, sacramento de la conversión y la fe, presenta al bautismo como el sacramento de la gratuidad del perdón por antonomasia, pero también el sacramento de la fe, por excelencia. Por eso mismo reclama y supone la fe de la Iglesia, la fe del sujeto, la fe de la comunidad. Es este uno de los aspectos más estudiados y discutidos a lo largo de la historia bautismal, que reclama una adecuada explicación teológica. Consagración sacerdotal y edificación de la Iglesia El bautismo es al mismo tiempo inserción en Cristo, transformación en el Espíritu, e incorporación al cuerpo de Cristo o Iglesia en la unidad del Espíritu. Y esta incorporación supone, a la vez, una consagración sacerdotal (sacerdocio común), que nos cualifica para ofrecernos en servicio a la edificación del mismo Cuerpo al que pertenecemos.                                                  IV. TODOS SOMOS RESPONSABLES. La Iniciación Cristiana en cuanto proceso, inserción, desarrollo, maduración y celebración, implica  una interacción dinámica de varios sujetos, entre los cuales  destacamos la importancia del ministro principal que administra los sacramentos. Existen, sin embargo, otras acciones en las cuales todos los miembros de la Iglesia debemos sentirnos responsables. En la Diócesis la catequesis de Iniciación Cristiana será un servicio único, realizado de modo conjunto por presbíteros, diáconos, religiosos y laicos, en comunión con el obispo. Toda la comunidad cristiana debe sentirse responsable de este servicio. Aunque los sacerdotes, religiosos y laicos realizan en común la catequesis, lo hacen de manera diferenciada, cada uno según su particular condición en la Iglesia.  Toda la comunidad cristiana es responsable de la catequesis, y aunque todos sus miembros han de dar testimonio de la fe, no todos reciben la misión de ser catequistas. "La catequesis es una responsabilidad de toda la comunidad cristiana. La iniciación cristiana, en efecto, "no deben procurarla solamente los catequistas o los sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles". La misma educación permanente de la fe es un asunto que atañe a toda la comunidad. La catequesis es, por tanto, una acción educativa realizada a partir de la responsabilidad peculiar de cada miembro de la comunidad, en un contexto o clima comunitario rico en relaciones, para que los catecúmenos y catequizandos se incorporen activamente a la vida de dicha comunidad.  De hecho, la comunidad cristiana sigue el desarrollo de los procesos catequéticos, ya sea con niños, con jóvenes o con adultos, como un hecho que le concierne y compromete directamente". "La catequesis debe apoyarse en el testimonio de la comunidad eclesial" Es el obispo, "responsable de la iniciación cristiana" quien ha de procurar que en su diócesis existan las estructuras y agentes de pastoral necesarios para asegurar de la manera más digna y eficaz la observancia de las disposiciones y disciplina litúrgica, catequética y pastoral de la iniciación cristiana, adaptadas a las necesidades de nuestros tiempos. Por su propia naturaleza de inserción progresiva en el misterio de Cristo y de la Iglesia, misterio que vive y actúa en cada Iglesia particular, "el itinerario de la iniciación cristiana requiere la presencia y el ministerio del Obispo diocesano, especialmente en su fase final, es decir, en la administración de los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía, como tiene lugar normalmente en la Vigilia pascual". A los presbíteros, como cooperadores del orden episcopal, les corresponde, particularmente a los párrocos, cuidar la orientación de fondo de la catequesis y su adecuada programación, contando con la participación activa de los propios catequistas, y tratando de que esté "bien estructurada y bien orientada", garantizando la estrecha vinculación de la catequesis con los planes pastorales diocesanos y animando a las personas debidamente preparadas y oficialmente encargadas diáconos, papás, consagrados, catequistas, padrinos, educadores, instituciones, grupos, etc. a ser cooperadores activos del proyecto diocesano .  Los diáconos, en comunión con el Obispo y el Presbiterio, colaboran en la Iniciación Cristiana, como lo atestigua la historia, preparando a aquellos que les son encomendados, particularmente los adultos, de forma que les ayuden a conocer a Cristo, a reforzar su fe con la recepción de los sacramentos y a expresarla en su vida personal, familiar, profesional y social. Los padres de familia, primeros educadores de la fe de sus hijos, testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos. Esta acción educativa, a un tiempo humana y religiosa, es un "verdadero ministerio" por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio hasta el punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En efecto, "la catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis". Las personas de vida consagrada participan activamente en la Iniciación Cristiana, sobre todo teniendo en cuenta que "muchas familias religiosas, masculinas y femeninas, nacieron para la educación cristiana de los niños y de los jóvenes, particularmente los más abandonados". Se espera, pues, "que las comunidades religiosas dediquen el máximo de sus capacidades y de sus posibilidades a la obra específica de la catequesis". Los catequistas que son llamados interiormente por Dios o invitados por la misma comunidad eclesial para ejercer este ministerio de acompañar a los catecúmenos que les son encomendados; ministerio que asumirá diversos grados de dedicación, según las características de cada grupo, etapa o función que este desempeñando en la comunidad. Finalmente el Sujeto que recibe los sacramentos, el es el único que puede hacer posible que la gracia actúe y trabaje, en el recae de manera especial y particular todo este proceso, así que podemos puntualizar que es el propio sujeto el primer responsable de la Iniciación Cristiana, de su crecimiento, disciplina,  progreso, disposición,  depende todo lo demás. De ahí la importancia de purificar intenciones y motivaciones del sujeto. Conocer personalmente al candidato es deber de todo pastor que lo promueva a ingresar a dicho proceso.                                                      V. CATEQUISTAS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA Introducción La Iglesia existe para evangelizar y la catequesis es uno de los momentos básicos del proceso de la evangelización. Por eso en cada Iglesia particular una de las acciones que con más esmero  hay que cuidar es la de la catequesis, pues gracias a ella, y también gracias a la celebración de los sacramentos, es como se van formando nuevos discípulos de Jesucristo y miembros de su Iglesia. La catequesis, tiene como finalidad la de dar a conocer la fe de la Iglesia, iniciar en la celebración de los sacramentos y contribuir a poner los cimientos de la personalidad del discípulo de Cristo, que tiene que aprender a vivir, actuar y orar según el Espíritu del Señor Jesús y siguiendo las huellas del Maestro, tal y como nos han sido conservadas y transmitidas en el evangelio. Por ello, la catequesis requiere que en cada diócesis exista un proyecto bien definido de iniciación cristiana en el que, bajo la dirección del Obispo, a quien compete la responsabilidad última de la catequesis, todos los miembros del pueblo de Dios, sacerdotes, religiosos y laicos, cada cual según su condición, contribuyan a ofrecer un servicio catequético completo y adecuado, que permita conocer, celebrar, vivir y anunciar el Evangelio. En consecuencia, la misión de la catequesis ha de ejercerse dentro de un espíritu de comunión y en coordinación con las otras acciones pastorales de la Iglesia. Miramos, pues, a la catequesis como una acción pastoral que visibiliza la comunión de la Iglesia y que contribuye también, muy eficazmente, a la edificación de la unidad de toda la Iglesia. Por tanto, la Iglesia tiene todo el derecho y, al mismo tiempo, el deber de exigir la mejor preparación posible de las personas que, o bien coyunturalmente, o bien de forma más estable participan y contribuyen directamente a la acción catequética en cualquiera de las comunidades cristianas. A todos estos catequistas, elegidos y llamados a desempeñar esta función eclesial, queremos recordarles los criterios que el magisterio de la iglesia ha pensado como básicos y esenciales para la formación y preparación espiritual y material de los catequistas. Los documentos a los que nos referimos son: 1. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Catechesi Tradendae, Ciudad del Vaticano 1979. 2. Congregación para el Clero, Directorio General para la Catequesis, Ciudad del Vaticano 1997. 3. Conferencia Episcopal Española, Documento sobre la Iniciación Cristiana, Madrid 1998. 4. Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, El catequista y su formación, Madrid 1985. 5. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericana y del Caribe. Documento Conclusivo. Ns. 289-300 1. Vocación y misión del catequista 1.1. Una llamada de Dios Padre, discernida eclesialmente Aunque las causas inmediatas por las que alguien llega a ser catequista son muy explicables desde una lógica puramente humana: _ Respuesta a una invitación del sacerdote. _ Toma de conciencia de lo que exige la condición de bautizado (y confirmado). _ Impacto producido por el testimonio de otro catequista. _ Deseo de adquirir un compromiso en la realización de la comunidad eclesial. Detrás de cada catequista es fácil encontrarnos con la iniciativa divina; pues Dios, por medio de su Espíritu, no deja de suscitar en el seno de la Iglesia vocaciones que contribuyan directamente al anuncio del Evangelio y a la realización del plan de su salvación, que implica, entre otras cosas, que los hombres lleguen a conocer de forma plena la verdad (cfr. 1 Tim. 2,4). Dios, por tanto, es el que llama a la tarea de catequizar a través de la imprescindible necesidad de catequización que tiene toda comunidad cristiana. Es el mismo Evangelio, gratuitamente ofrecido por Dios, el que pide ser comunicado y profundizado. Además, el hecho de que el catequista experimente su dedicación a la catequesis como respuesta a una iniciativa de Dios, le permite entenderse a sí mismo como instrumento al servicio de un plan y de una obra que están muy por encima de sus capacidades y aptitudes naturales, que solamente será capaz de llevarlas a buen puerto en la medida que sea fiel y dócil a la acción de la gracia divina. Tanto es así, que un criterio para discernir si la vocación a ser catequista es de Dios, consiste en experimentar que, junto con la llamada, se le ha concedido igualmente la fuerza para responder y superar, incluso con alegría, las dificultades inherentes al ejercicio de esta vocación. La llamada del Dios a la tarea de la catequesis, como el resto de carismas, ministerios y funciones en la Iglesia, requiere también de un discernimiento de la propia Iglesia. 1.2. El catequista está llamado a participar en la misión de Jesús, el único Maestro El catequista, al aceptar la llamada del Padre, participa y prolonga la misión de Jesús, el primer evangelizador: _«Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y más grande evangelizador» (Evangelii nuntiandi 7). _El catequista sigue e imita a Jesús justamente como Maestro, catequista de sus discípulos, que les envía a su vez a transmitir el Evangelio por todo el mundo (cfr. Mt. 28,19). Este seguimiento e imitación de la persona de Jesús y de su ministerio constituye para el catequista el modelo determinante de toda su tarea.       1.2.1. Siguiendo a Jesús, catequista de sus discípulos _La catequesis de Jesús a sus discípulos hemos de tomarla como un modelo concreto de formación integral para todo catequista. _La persona de Jesús tiene que convertirse en un modelo de referencia para todo catequista: siguiendo las huellas de Jesús, el catequista educa también en todas las dimensiones del Evangelio, y lo hace con su misma pedagogía, apoyándose en el testimonio de su vida y en las obras de la comunidad cristiana, a quien representa. 1.2.2. Configurado con el misterio pascual de Jesús: _El catequista no puede olvidar que el misterio pascual es el contenido fundamental del Evangelio, el núcleo esencial del testimonio apostólico. _La muerte y la resurrección de Jesús son, por consiguiente, el centro del mensaje que se transmite en la catequesis y la fuente principal que debe nutrir la vida espiritual del catequista. _El catequista ha de tener muy presente que la transmisión del Evangelio pasa por la cruz y que, como cualquiera que desee ser discípulo de Jesús, debe seguirlo cargado con ella (cfr. Lc 14,27). Lo cual se traduce en saber cargar sobre sí y aceptar, como lo hizo Jesús: el rechazo, la incomprensión, el sufrimiento y la persecución como algo inherente al servicio del Evangelio. Pues, como se desprende del Evangelio, solo si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto, mas, si no muere, queda infecundo (cfr. Jn 12,24). _Con todo, para quien anuncia el Evangelio, la última palabra no la tienen ni el sufrimiento, ni el peligro, ni el hambre, ni la desnudez, ni la espada (cfr. Rom 8,35); la última palabra la tiene la fuerza de la resurrección. Confianza, audacia, paz y valentía que por sí mimas se convierten en testimonio vivo del Evangelio que el catequista quiere transmitir. 1.3. El catequista actúa movido por el Espíritu Santo La catequesis, que es crecimiento en la fe y maduración de la vida cristiana hacia la plenitud, es por consiguiente una obra del Espíritu Santo, obra que solo Él puede suscitar y alimentar en la Iglesia (Catechesi tradendae 72). 1.3.1. El catequista ha de ser instrumento de la acción del Espíritu _El catequista realiza su tarea convencido de esta verdad fundamental: «El Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización» (Evangelii nuntiandi, 75). Verdaderamente el Espíritu Santo es el auténtico maestro interior que, más allá de la palabra del catequista, hace comprender a los hombres y mujeres el significado hondo del Evangelio: «Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio» (Evangelii nuntiandi, 75). _De ahí que el catequista ha de saber que su misión esencial consiste en trabajar por suscitar en los catecúmenos y catequizandos las actitudes necesarias para acoger la acción divina de la gracia, el don del Espíritu Santo.   1.3.2. El catequista ha de estar animado por la acción del Espíritu Santo: _El catequista descubre la acción del Espíritu Santo no sólo en los catecúmenos o los catequizandos sino dentro de sí mismo, como fuente de la espiritualidad exigida por su tarea. _El catequista sabe que es portador de una sabiduría que viene de Dios. "No es la sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo" (1 Co 2,6), es la sabiduría del Evangelio, que comunica el Espíritu. 1.3.3. El catequista ha de saber discernir la acción del Espíritu Santo: _ El catequista ha de ser sensible a la acción del Espíritu que no es uniforme sino diferenciada, porque es una llamada que Dios dirige a cada uno según Él quiere (cfr. Catechesi tradendae 35). Puede actuar como llamada, promesa, perdón, corrección, paz, sentido, apoyo, presencia, purificación, exigencia, consuelo. El catequista, por lo tanto, ha de tratar de captar el carácter individualizado de la acción divina para ayudar a cada catecúmeno o catequizando a descubrirla en sí mismo. Para ello el catequista ha de saber dotar a todo el proceso de catequización de un clima religioso y de oración que favorezca el encuentro del hombre con Dios. _La realidad de esta acción del Espíritu en medio del grupo catecumenal o catequético obliga a desarrollar por parte del catequista una actitud de respeto hacia los catecúmenos o catequizandos, pues ha de reconocer que, en definitiva, es Dios quien siempre toma la iniciativa; y Dios siempre respeta a la persona, su conciencia, su situación y su ritmo. 2. La formación del catequista Toda la comunidad cristiana es responsable de la catequesis. Por eso ha de animar y suscitar vocaciones para esta hermosa tarea. Corresponde particularmente a los pastores de las respectivas comunidades alentar y discernir entre sus miembros quiénes son los que por sus cualidades espirituales y humanas mejor pueden desempeñar el oficio de catequistas, siempre contando con que es Dios quien llama y elige a quien quiere, y que no siempre los elegidos por el Señor son los más inteligentes según el mundo, ni los más sabios (cfr. 1 Co 1,26-31). 2.1. Cualidades previas y disposiciones básicas Cualidades previas y las disposiciones básicas que todo aspirante a catequista ha de tener, para que, con la gracia de Dios y la debida formación espiritual y humana, cada catequista llegue a ser un buen instrumento al servicio del plan de Dios y de la transmisión de la fe. 2.1.1. Desde el punto de vista de su condición de creyente _El candidato debe estar bautizado y confirmado. _El candidato debe estar iniciado en lo más elemental de la fe y vida cristianas. _El candidato debe vivir en comunión cordial con la Iglesia y cumplir sus mandamientos. A sí mismo debe estar dispuesto a llevar adelante un proceso constante de maduración cristiana y eclesial. Un hombre o una mujer que están aún indecisos respecto a su opción cristiana, o que ignoren lo más elemental de la fe, o que tengan criterios o valores opuestos a los del Evangelio sin estar dispuestos a renunciar a ellos; o que no practiquen o que sientan desapego respecto a la Iglesia, no pueden aspirar a ser catequistas. 2.1.2. Desde el punto de vista de la motivación por la que el candidato quiere ser catequista: _El catequista debe aceptar esta tarea basándose en su condición de cristiano, pues ha recibido el bautismo y la confirmación que le configuran con Jesucristo, sacerdote, profeta y rey al servicio de la edificación de la Iglesia y su misión. Si no aparece para nada como motivo el servicio al plan de Dios, del Evangelio y de la Iglesia, no puede ser catequista. 2.1.3. Desde el punto de vista de las cualidades humanas que ha de tener: _El candidato debe gozar de una cierta madurez y equilibrio, y tener unas actitudes básicas de capacidad para la relación y el diálogo y con la suficiente apertura al mundo. _El candidato habrá de saber trabajar en grupo y colaborar con otros catequistas y educadores. _Que el candidato haya alcanzado la mayoría de edad. Aceptar, en principio, casi exclusivamente a adolescentes para salir al paso de las necesidades que plantea la catequesis parece un grave error. _Los responsables de la comunidad cristiana habrán de discernir o probar la autenticidad y verdad de las cualidades y motivaciones que impulsan al candidato a ofrecerse para este servicio. 2.2. Dimensiones de la personalidad del catequista que se han de formar La formación que se ofrece a los catequistas les ha de ayudar a madurar como personas, como creyentes y como apóstoles. En consecuencia, el catequista ha de conocer bien el mensaje que debe transmitir y, al mismo tiempo, al destinatario que lo tiene que recibir, así como el contexto social en el que vive y que va a condicionar mucho la forma de recibir el Evangelio. 2.2.1. Madurez humana, cristiana y apostólica de los catequistas _Apoyado en una madurez humana inicial, el ejercicio de la catequesis, constantemente discernido y evaluado, permitirá a los catequistas crecer en un equilibrio afectivo, en el sentido crítico, en la unidad interior, en la capacidad de relación y de diálogo, y en un espíritu constructivo y de trabajo en equipo. _El catequista procurará crecer en el respeto y amor hacia los catecúmenos y catequizandos. _La formación cuidará, al mismo tiempo, que el ejercicio de la catequesis alimente y nutra la fe del catequista, haciéndole crecer como creyente. _La formación, también, alimentará constantemente la conciencia apostólica del catequista y su sentido evangelizador. 2.2.2. La formación bíblico-teológica del catequista _Además de testigo, el catequista debe ser maestro que enseña la fe. Por eso, una formación bíblico-teológica adecuada le proporcionará un conocimiento orgánico del mensaje cristiano, articulado en torno al misterio central de la fe que es Jesucristo. A los catequistas se les ha de proporcionar una formación bíblico-teológica de carácter sintético, que se ha de corresponder con el anuncio que deben transmitir. _Cualquier catequista habrá de conocer bien las grandes etapas de la Historia de la salvación: Antiguo Testamento, vida de Jesucristo e historia de la Iglesia. _Todo catequista deberá conocer lo esencial de los grandes núcleos del mensaje cristiano: lo que profesamos en el Credo, lo que celebramos en los sacramentos, los núcleos esenciales de la moral cristiana contenidos en los mandamientos y en las bienaventuranzas; y los aspectos esenciales de la espiritualidad y la oración cristianas. 2.2.3. La formación pedagógica de los catequistas: Junto a las dimensiones que conciernen al ser y al saber, la formación de los catequistas ha de cultivar también la del saber hacer. _Lo primero que hay que tener en cuenta es el respeto a la pedagogía original de la fe. En efecto, el catequista se prepara para facilitar el crecimiento de una experiencia de fe de la que él no es dueño. Ha sido depositada por Dios en el corazón del hombre y de la mujer. La tarea del catequista es solo cultivar ese don, ofrecerlo, alimentarlo y contribuir a que crezca. _La formación tratará de que madure en el catequista la capacidad educativa, que implica: la facultad de atención a las personas, la habilidad para interpretar y responder a la demanda educativa, la iniciativa de activar procesos de aprendizaje y el arte de conducir a un grupo humano hacia la madurez. _Obtener los principios generales de la pedagogía catequética. _También el catequista ha de ser capaz de animar un grupo, sabiendo utilizar con discernimiento las técnicas de animación grupal que ofrecen la psicología y la pedagogía. 2.2.4. Las ciencias humanas en la formación de los catequistas El catequista, además de su propia experiencia, es bueno que adquiera un mejor conocimiento del hombre, de la sociedad, de la cultura y de la realidad en las que vive por medio de las ciencias humanas. «Hay que conocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicología y sociología, llevando así a los fieles a una más pura y madura vida de fe» (Gaudium et spes 62). 2.2.5. Criterios inspiradores de la utilización de las ciencias humanas en la formación de los catequistas: _El discernimiento evangélico de las diferentes tendencias o escuelas psicológicas, sociológicas y pedagógicas: sus valores y sus límites. _La toma de conciencia de la situación existencial, psicológica, cultural y social del hombre se hace con vistas a la fe en que se le quiere educar. _La teología y las ciencias humanas, en la formación de catequistas, deben fecundarse mutuamente. 3. La espiritualidad del catequista Porque la fe se ha de transmitir con la palabra, pero, sobre todo, con el ejemplo, el catequista debe configurar su vida y su persona conforme a aquello mismo que enseña y transmite, de manera que, aunque maestro de la fe, sea, por encima de todo, testigo de la fe. Una fe que se profesa con los labios y que está llamada transformar el corazón y todo el ser de los que la confiesan como suya. Los rasgos más peculiares que configuran la espiritualidad del catequista en el desempeño de la tarea de catequizar son: En primer lugar, como toda espiritualidad cristiana, también la de los catequistas se sustenta, en último término, en la práctica y el ejercicio de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que son las tres virtudes por las que todo bautizado participa de la vida divina y, como el sarmiento que está unido a la vid, es capaz de dar fruto y fruto abundante (cfr. Jn 15,5). 3.1. El catequista, testigo de la fe, testigo de la esperanza y testigo de la caridad. _Testigo de la fe Si la tarea y función del catequista es, fundamentalmente, iniciar en lo esencial de la fe: LA FE del catequista se tiene que alimentar necesariamente del Evangelio, es decir, del encuentro vivo con Jesucristo, que es quien nos conduce al Padre y nos entrega el Espíritu Santo para que podamos creer que Jesús es el Señor, el enviado por Dios para salvar y rescatar lo que estaba perdido. _En consecuencia, el catequista habrá de cuidar, sobre todo, el encuentro con Jesús en la celebración de los sacramentos, de forma especial en los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía, y también en la oración personal y comunitaria, en la que Cristo siempre está presente. _La oración del catequista estará imbuida de espíritu litúrgico. Debe saber encontrarse a gusto en la fiesta, en la asamblea litúrgica, en las celebraciones sacramentales, especialmente en la celebración de la Eucaristía. LA FE del catequista se tiene que alimentar asimismo de todo aquello que por voluntad del Padre nos ha sido revelado a los hombres a lo largo de la historia de la salvación, tal y como nos ha sido transmitido en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia. _De ahí la necesidad de una meditación asidua de las realidades básicas de la fe: los acontecimientos salvíficos —sentido y clave de toda la Escritura—; los valores evangélicos más fundamentales tal como aparecen en las Bienaventuranzas y en el conjunto del Sermón del Monte; y las actitudes subyacentes al Padrenuestro configuradoras de toda oración y espiritualidad cristianas. _Ha de conocer y meditar asiduamente los contenidos básicos de la fe de la Iglesia tal y como los profesamos en el Credo. _La oración del catequista entrañará normalmente un tipo de meditación que sea fuente de un conocimiento vivo de los contenidos de la fe. Esta oración meditativa deberá ser alimentada por una cultura bíblico-teológica sólida. _Testigo de la esperanza «La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica 1817). La esperanza del catequista nace, pues, de la fe misma que está llamado a anunciar. La garantía de todo ello es la resurrección; ya que, si Cristo resucitó, es verdad que el Reino de los cielos ya ha comenzado y que todos nosotros, con el auxilio de la gracia, si perseveramos en la fe hasta el final, heredaremos con Cristo la misma gloria del Señor Jesús, que ahora vive exaltado a la derecha del Padre. Como a san Pablo, también al catequista, la esperanza cristiana le tiene que ayudar a superar todo tipo de dificultades, ultrajes, debilidades, infortunios, persecuciones y angustias sufridas por Cristo y el evangelio (cfr. 2 Cor 12,10). «Ojalá que el mundo pueda percibir la Buena nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido la alegría de Cristo» (Evangelii nuntiandi 80). _Testigo de la caridad El catequista está llamado a vivir del amor de Dios que siempre se anticipa y se adelanta. Un amor que se alimenta cada día del trato personal e íntimo con el Señor en la Eucaristía y en la oración personal. Como Jesús, también el catequista, ora e intercede ante el Padre por los que le han sido confiados (cfr. Jn 17), para que no se pierda ninguno de ellos y que se vean libres de todo mal. Y, por último, también como Jesús, el catequista le pide al Padre para que los catecúmenos o los catequizandos alcancen y contemplen un día, cara a cara, la gloria de Dios, tal y como Jesús les prometió a los suyos. Testigo del amor de Dios a los hombres El amor del catequista se dirige preferentemente hacia sus catequizandos a los que ama con un amor entrañable. «¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia» (Evangelii nuntiandi 79). 3.2. Dimensión eclesial de la espiritualidad del catequista. En segundo lugar, la vocación del catequista tiene una profunda dimensión eclesial, que es necesario destacar. Por ello, el amor a la Iglesia configura de manera particular la espiritualidad del catequista. «Como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25), el catequista es sostenido en su tarea catequizadora por este mismo amor. La misión del catequista únicamente tiene sentido en el seno de la Iglesia y desde la Iglesia (cfr. Dei Verbum 8). _El catequista, al catequizar, transmite la fe que la Iglesia cree, celebra y vive: Cuando el más humilde catequista... reúne su pequeña comunidad, aun cuando se encuentre solo, ejerce un acto de Iglesia y su gesto se enlaza mediante relaciones institucionales ciertamente, pero también mediante vínculos invisibles y raíces escondidas del orden de la gracia, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia (Evangelii nuntiandi 60). Ahora bien, el catequista vive su inserción con la Tradición viva de la Iglesia desde su inserción en una comunidad cristiana concreta y, como miembro activo de ella. _El sentido eclesial del catequista —configurador de su identidad— ha de estar abierto y vinculado tanto a la Iglesia universal y particular como a la comunidad cristiana inmediata y al grupo de catequistas con los que actúa. _El catequista ha de cuidar las relaciones y su sentido de pertenencia al grupo de catequistas, que ha de constituir en la comunidad cristiana un verdadero germen de vida eclesial. Testimonio de unión fraterna que dicho grupo manifieste es, por otra parte, un factor decisivo en la tarea catequizadora de la comunidad. _ El catequista ha de educar también la relación concreta que se va estableciendo entre las personas de su grupo y propiciar así la vivencia comunitaria y eclesial del grupo catequético. 3.3. La espiritualidad del catequista, abierta a los problemas del hombre y de su tiempo. En tercer lugar, la espiritualidad del catequista también y necesariamente, se ha de configurar desde su apertura a los problemas y situaciones de los hombres y mujeres de su tiempo, a quienes quiere transmitirles la fe de la Iglesia, adaptándose a su lenguaje, mentalidad y cultura. Al contrario, puesto que el Evangelio es una interpelación siempre actual para los hombres y mujeres de cada época, el catequista necesita estar abierto a los problemas y deseos de los hombres y del entorno social en que vive. Esta apertura a lo humano es una exigencia del Espíritu ya que es Él «quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia» (Evangelii nuntiandi 75). Enraizado en su ambiente, el catequista comparte los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de su tiempo (cfr. Gaudium et spes 1) y se compromete con ellos. Esta atención al hombre por parte del catequista empieza por conocer a los catecúmenos o catequizandos de su grupo catequético: Conocer su modo de ser, sus circunstancias personales, sus experiencias humanas más profundas, su entorno familiar, el ambiente y medio en que viven. Procurará conocer igualmente las vivencias religiosas de los miembros de su grupo; sobre todo, intentará descubrir cuál es la imagen de Dios que les ha sido transmitida, qué idea tienen del Evangelio; cuál es su experiencia personal de oración y cuáles son los criterios morales que rigen su vida personal y social. Si se trata de personas alejadas, convendrá que el catequista conozca cuáles fueron los motivos que llevaron a sus catequizandos a alejarse de Dios o de la vida de la Iglesia. _El servicio educativo del catequista no se detiene en las personas aisladas. El catequista ha de estar interesado en educar también las relaciones que se van estableciendo entre las personas del grupo; es decir, ha de favorecer y propiciar las primeras experiencias comunitarias entre los miembros de su grupo que les ayuden a crear su sentido de pertenencia a la Iglesia. _El catequista ha de conocer la dinámica concreta de su grupo y las tensiones que surgen dentro de él; estando, además, atento a cómo los respectivos miembros van madurando e integrando en su personalidad creyente las distintas circunstancias y momentos de crisis por los que pasa el grupo. El catequista procurará no crear un grupo cerrado, sino abierto a las necesidades humanas y religiosas de su entorno. 3.4. El catequista, en cuanto servidor del evangelio, sirve al hombre y al mundo. A veces el catequista puede verse tentado por la sospecha de si su servicio es un verdadero compromiso con los hombres, y, también, si su puesto, sobre todo siendo laico, no estaría mejor en asumir responsabilidades sociales más directas, sin perder tiempo en la tarea de educar la fe, más propia de otras vocaciones y ministerios más intraeclesiales. Dar a conocer y vincular a una persona con Jesucristo, que es quien de verdad revela al hombre lo que es el hombre (Gaudium et Spes 22); y transmitir el Evangelio, que es un mensaje que encierra un sentido profundo para la vida y responde a los deseos más hondos del corazón humano, es la mejor contribución que la Iglesia puede prestar al mundo y a la sociedad (cfr. Gaudium et Spes 40-45); y también el mejor modo como cada creyente puede contribuir a humanizar su entorno y las personas que en él viven. Ya que la humanidad ciertamente anda necesitada de muchas cosas, pero, sobre todo, está necesitada de Dios.                      VI. DESTINATARIOS DE LA INICIACION CRISTINA ILUMINAN DOS PARRAFOS DE APARECIDA: “La Iniciación Cristina, propiamente hablando, se refiere a la primera iniciación en los misterios de la fe, sea en la forma del catecumenado bautismal para los no bautizados, sea en la forma de catecumenado pos bautismal para los bautizados no suficientemente catequizados …” (Núm. 388) “La parroquia ha de ser el lugar donde se asegure la iniciación cristiana y tendrá como tareas irrenunciables: iniciar en la vida cristiana a los adultos bautizados y no suficientemente evangelizados: educar en la fe a los niños bautizados en un proceso que los lleve a completar  su iniciación cristiana; iniciar a los no bautizados que, habiendo recibido el Kerigma, quieren abrazar la fe”… (Núm. 293) Basados en los textos, se pueden considerar como grupos destinatarios de la Iniciación Cristiana: LOS NO BAUTIZADOS (infieles), por medio de un Catecumenado Bautismal. LOS ABUTIZADOS SIN LA DEBIDA EVANGELIZACIÓN. Por medio de un Catecumenado Pos bautismal. LOS NIÑOS BAUTIZADOS, mediante un proceso que los lleve a completar su Iniciación Cristiana. El grupo de los bautizados no suficientemente evangelizados parece poder comprender dos grupos: 1º.-LOS BAUTIZADOS, ahora TOTALMENTE ALEJADOS. 2º.-LOS BAUTIZADOS (con confirmación y Eucaristía) NO SUFICIENTEMENTE EVANGELIZADOS  y que ahora piden esa evangelización. Estas personas, recibiendo el proceso de la Iniciación Cristiana, pueden ser un manantial magnifico de MISIONEROS BIEN COMPROMETIDOS.   GRUPOS DESINATARIOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA: GRUPOS DE NO BAUTIZADOS con el proceso del Catecumenado Bautismal GRUPOS DE NO BAUTIZADOS NO SUFICIENTEMENTE EVANGELIZADOS Y TOTALMENTE ALEJADOS, con el proceso del Catecumenado Pos bautismal. GUPOS DE PERSONAS CON ALGUNOS SACRAMENTOS, NO SUFICIENTEMENTE EVANGELIZADOS, que ahora piden esa evangelización. Catecumenado Pos sacramental. GRUPOS DE NIÑOS BAUTIZADOS, que con la preparación adecuada para la Confirmación y la Eucaristía puedan completar su Iniciación Cristiana.        


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